Diego Romero, genera explosividad, cromaticidad, pintura directa a partir del subconsciente, del dejar fluir.
Palpa el terreno, inspecciona la versatilidad del color, se explaya con los dedos, como si fueran auténticos volcanes en erupción.
Color, cromatismo, versatilidad del magma pigmental, cruces, aspas, sesgos, superposiciones buscando la locura de lo directo. El tótem del color, el culto chamánico a la verdadera virulencia de la explosividad. No hay término medio, no existe lo indescifrable, porque el creador madrileño se encarga de descubrir los misterios de la pintura, descubriéndose a sí mismo. Es como una auténtica relación de amor, en la que se vacía completamente, buscando el éxtasis, como si dejara fluir todo el torrente de sentimientos y anhelos de su interior, mostrándolo con expresividad, con gesto informal, sobre la superficie de la tela.

Emplea colores fuertes, contrastados, americanos, pero en las manos de un europeo que es madrileño y que habla catalán. Universal, conecta con la Movida Madrileña, con la Tate-Tate, el Movimiento Caos y pinta un mural en San Francisco (California).
Amante del gesto del pigmento, de la emblematicidad del color, del contorno, la curva, la suavidad de lo plasmático, supera la ondulación para sumergirse en el expresionismo pictórico, en la expresividad del magma. Batalla día a día, momento a momento, cada segundo es un chorro de color, que se inserta en la batalla de los mil brazos, que posee puntos de mira, cruces y aspas que delimitan un territorio que está marcado por el deseo. La cruz, el aspa, la equis, en medio del fragor del color, de la intensidad del tono, de la futura tormenta derivada de su dialéctica vitalista.
Tranquilo, sereno, aparentemente, volcán en el interior, energía en estado puro. Camina sin vacilaciones por el sendero del arte, por la montaña de los retos que desemboca en el mar, océano cubano, la Barceloneta en la mente, los barrios populares madrileños, hechos a imagen y semejanza de su imaginación desbordante. Energía en movimiento, dinamicidad en el ambiente, popularidad en los cruces, franqueza, camaradería, amistad y línea directa.
No hay dobleces, sólo marchas continuas, que andan y hacen andar las obras pictóricas que son producto de su catarsis continua, de su revolución silenciosa, que se palpa a partir de instantes, segundos, milésimas de existencia, que se autorregula, que se nutre del alma.
Incandescente, abrasador, expresivo, empela el color como un auténtico médium, que va delimitando, conformando, superando límites, cual reto continuo, que avanza sin piedad por una autopista que a menudo se le queda pequeña. Autopista que le conduce al cielo que es el infierno de los que creen en sí mismos.
Autobiográfico, desgarrador, busca su propia autocrítica, se flagela para encontrarse, pero no es masoquista, sino un pintor que va más allá de las circunstancias.
Conecta de forma autodidacta con el acerbo universal, que anda buscando su propia definición a partir del cambio continuo.
Su verdadera aportación al arte es ser libre, dado que su obra es el gesto puro, el color de la vida, la fuerza del vigor contenida en el estado natural de un alma que pugna en el cielo atormentado para abrirse camino en las praderas de la psicodelia y las fuerzas de carácter intrínseco que lo conducen a la verdadera ubicuidad.
Joan Lluís Montané
De la Asociación Internacional de Críticos de Arte
Argentina |
Italia | Subastas | Directorio internacional