Artemio Armas elabora una obra caracterizada por la expresividad de sus formas, que desestructuran la realidad, que presentan una deformación de la masa cromática, que aluden a otros mundos a partir del nuestro. Realiza un culto a un expresionismo contemporáneo de nuevo cuño, basado en los seres sin rostro, en la emblematicidad de las formas, que se suceden unas a otras, confundiéndose, mezclándose, dentro de una composición en la que hay muchas posibilidades.
Onirismo, expresionismo, planteamiento surreal, por lo que tiene de método automático pictórico, exhibiendo la fuerza de la densidad de la forma.
Delicuescente, insinuante, formando una gran masa, que, dentro, posee otras masas, elementales, que recuerdan a personas, seres, a conformaciones de una biología que está ahí pero que no llegamos a describir con naturalidad.
Hay una verdad implícita, una facilidad en constatar la esencialidad de la materia, que es densa, que se define a través de los contrastes de color.
Presenta seres que no existen, personajes sin rostro, formas que son humanas, que recuerdan retazos de vida, que aluden a la conciencia.
Subconsciente, inconsciente, el otro yo, la versatilidad de la parte no consciente. Expresividad, construcción y confluencia. Concreción de ambigüedades formales, que no son explícitas, que conllevan otras alusiones.
Formas que flotan, que son parte de la composición, que aluden a personajes que existen, pero que están escondidos en los recovecos de la fantasía.
Imaginación, clara vitalidad que define la obra que expresa con toda claridad los miedos, las ambigüedades de la existencia, buscando la persistencia de la memoria, para agrandar su universo contenido, guardado, protegido.
Pinta con colores y tonos propios, muy elaborados, empleando difuminados, buscando trasparencias, incidiendo en las expresividades que resaltan desde la composición. Busca profundidad, puntos de contraste, que perfilan su dedicación a una perspectiva que es honda, que posee fondo y trasfondo. Que, además, es capaz de hilvanar una concatenación de discursos, que evolucionan a partir de una idea de la abstracción, que se basa en la ausencia de realidad, en un discurso pictórico marcado por el dominio del pincel, por los degradados, la calidez de los tonos, las formas, la meticulosidad que demuestra con una técnica depurada para presentar una obra que posee relieve, que se encuentra buscando la tridimensión, pero, sin abusar de los efectismos fáciles. Es más, busca, en primer lugar, asentar una cierta idea de profundidad, de obra seria, elaborada, que parte del inconsciente, que revela las fuentes del onirismo, que se encapricha del destino, que es un misterio por sí misma.
No hay discusión posible, no existe la verdadera magnitud de la realidad. Busca la apariencia, indaga en la linealidad, para mostrarnos la expresividad de lo dual, los misterios que encierra la propia vida, que son complejos, que se nutren de otras realidades, de actitudes que viajan a través de los símbolos, de las materias sensuales que no acaban de descubrir el rostro de sus protagonistas.
Onirismo surreal, simbolismo expresionista, culto a una idea abstracta de la pintura, que surge del interior de la mente, de la masa neuronal, que pretende mezclarse con los ritmos de la vida, con la intensidad vital que persigue el fluido inmemorial que, cual santo grial, nos acompaña como el eterno mito.
Joan Lluís Montané
De la Asociación Internacional de Críticos de Arte
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