14 de Julio de 2004 12:01 AM

Ernesto de Oliveira, el discurso de la forma y la composición del color

Por Joan Lluís Montané


Ernesto Oliveira profundiza en la investigación de la forma, indagando en los prolegómenos de la especificidad de su contenido, buscando la expresión sutil de la propia esencia que le da sentido.
Sus estructuras formales son geométricas, nutriéndose de las esenciales, pero también de otras que no son tan habituales, dado que su composición es compleja, aunque, en apariencia, parece surgida de un discurso teórico que navega en la reformulación de lo oblicuo.

Y digo esto porque no busca estructurar, sino planificar la composición a partir de ir situando formas, que son diversas, diferentes, que se extienden a lo largo y ancho de la superficie de la obra. Es como entrar en una sala llena de música, donde las notas musicales cobran vida, escenificando escenas surrealistas, aunque no por ello, dejan de ser lo que son.
Indaga en las estructuras serenas del color, que abre puertas, que extiende la alfombra de la vertebración, dentro de un contraste en el que todo tiene una orientación coordinada. Su intención es concentrar su visión avanzada, mostrando una diversidad de complejas estructuras, alimentadas por formas, desde el cuadrado al rectángulo, pasando por el triángulo, otras que son poliédricas en los dos sentidos: uno, el que define su propia esencia y otro por el hecho de que su conjunto formal crea la polis de las formas. Dentro de la polis formal destaca el glamour, que es sensualidad, que se entiende como auténtico motor de su discurso interior. Mientras que la polis de la esencia es el gesto, el movimiento que va más allá de la versatilidad propia de la energía.
Existe la necesidad de potenciar el paradigma en su obra de creación, dado que se nutre de lo complejo, de la ubicuidad, de la posibilidad de establecer una teoría sustentada en el cambio continuo. De ahí que su obra sea fresca y directa, pero, a la vez, trabajada y persistente. Es decir que la dialéctica formal es el resultado de la perseverancia y la transformación continúa, producto de su intención de superar barreras estéticas, de alcanzar actitudes adjetivadas con el marchamo del compromiso preciso.

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No tiene dificultad para ver el camino, tampoco en seguirlo, encuadrando todos los puntos fuertes de su pléyade plástica en su mente pictórica.
Pinta de memoria, empleando la honestidad de planteamientos, sintetizando, eliminando todo aquello que no sea imprescindible, dentro de la gran libertad formal que le caracteriza.
Su manera de trabajar es elegante, dado que busca la belleza, en el sentido de seleccionar aquellas conjunciones matéricas y estructuras elaboradas con gusto, prescindiendo de las desestructuraciones, de las disfunciones, avanzando en el terreno de lo sublime, en los prolegómenos de la resituación de la fantasía, de la historiación icónica de lo subliminal en el aspecto intrínseco de la percepción de su trascendencia. Potencia una visión de la geometría natural, distendida, sin ataduras, totalmente interior, porque, en el fondo, es como plasmar su catarsis, el autorretrato de su alma.
El fondo espiritual domina, en líneas generales, en su pintura, como si fuera un acompañante fiel pero silencioso, mientras que la importancia de la composición liderada por el color es esencia regeneradora, influyendo aquí y allá, inoculando los vestigios de una nueva primavera.
Color suave, gamas variadas, tonos elegantes, procurando entretejer una estructura fiel a un discurso con guión alto. El color como fundamento de la forma, como explicación de su desarrollo, como garantía de la propia existencia, que forma parte del paisaje dentro de una esencialidad que no se pierde nunca. El color como puerta de introducción al laberinto, dado que conforma la forma y esta, a su vez, autorregula la composición. Como resultado, hay un culto dinámico al diálogo de pasillos y pasadizos en toda regla, construyendo mentalmente autopistas y calles, plazas y avenidas en las que no hay más orden que el suyo, presentando una obra geométrica caracterizada por la falta de contención y la expresividad vehiculada a través de la suavidad de rasgos arquitectónicos. Se trata de indagar en la verdad de la arquitectura geométrica, formada por estructuras que se nutren de sentimientos, que se originan en la propia esencia de la mente, en el sitio más insospechado del corazón, en la recóndita sugerencia de la propia vitalidad que expresa la necesidad de vivir. No hay intención de ahondar en el control, en la delimitación de lo formal, sino en saber entender donde empieza y acaba el verdadero sentido de la libertad.
Elabora un discurso que posee, por sí mismo, diferentes planos, delimitando el primero de ellos por colores suaves, sutiles, de tonos neutros, que conforman la base. Se trata de formas cuadradas, rectangulares, o bien irregulares, a veces conformadas a partir de los huecos que quedan al juntar todo el conjunto de las otras formas. De ahí que el artista plantee su discurso geométrico como resultado de la propia dinámica de las formas, que genera otras nuevas.
Toda forma genera su propio espacio y al unirla a otra o a un conjunto de ellas, las zonas muertas presentan nuevos planteamientos o estructuras. Cualquier tipo de materia genera esencia. Cada esencia es espacio y tiempo. Si conjugamos la unión de formas contemplamos como generan nuevas dimensiones, espectaculares laberintos, conformaciones tridimensionales, grandes conjuntos de geometrías. No hay forma sin espacio y éste surge a partir de la materia. El ying y el yang aparecen de nuevo para dar sentido a la física y al arte, a la química y la ciencia.
Volviendo a su composición, hay una segunda línea de formas, que surge, después de las del fondo, o a partir de las mismas, nutridas de colores más intensos, que sustituyen la línea recta y el ángulo por el semicírculo, por la curva como formulación elegante, como resultado de la dinámica vibracional cromática.
De la línea a la curva, de la estructura al gesto energético, de la biología al cosmos espiritual. El mundo, tal como lo conocemos, y la sensibilidad como telón de fondo, como fundamento que nutre la verdadera esencia de lo real. La geometría, cobra, a partir de ese momento, su verdadera dimensión, que va más allá de la simple pertenencia a una base estructural y se convierte en sentimiento puro.

El laberinto de las formas sutiles

Ernesto Oliveira indaga en las ubicuidades de la forma, en la esplendidez de la colocación del color en su producción geométrica basada en el laberinto formal. Encontramos en su última producción estructuras planas, dotadas de movimiento, con presentación de puzzle laberíntico, exhibiendo esencias construidas que surgen de un entorno suave, ingenuo, casi feliz. Hay una serenidad de planteamiento, una voluntad de alcanzar un cierto nirvana, de paraíso absoluto en el que todo posee una armonía determinante.
Bucea en lo recóndito, en la especificidad de la magia del misterio de la bondad, de la fantasía concebida en su estado más puro. Plasma formas que se intercalan, interconectándose unas a otras, como si fuera una escalera, buscando la esencia de castillo medieval, sin la rotundidez de las almenas y la brutalidad severa de las piedras. Posee ansias de consolidar la estética de laberinto, en el sentido de mostrar diversos caminos, diferentes ambigüedades sutiles en las que existen complejas direcciones que tienen un sentido difícil de comprender, pero que son la expresión de la rotundidez más absoluta.
Exhibe un entramado cálido, sugerente, que se muestra muy próximo, como pretendiendo envolvernos en su mensaje, pero dejándonos libres, para que la imaginación vuele hacia otros parámetros en los que no existe la cautividad.
Muestra una investigación perceptible del símbolo, que mantiene la capacidad de ubicar mundos imaginarios pero sin describirlos, a partir de planteamientos en los que la forma surge con toda su potencia.
Sensualidad, recreación de variaciones, formulación de planteamientos dinámicos en los que la plasticidad del color se conjuga con la predisposición de las estructuras, que quieren construir pero no estratificar. Es decir que pretende plasmar una idea de la forma sin caer en la hieratización, para avanzar hacia un posicionamiento de concepto en el que todo tiene un lugar preciso, determinado y prefijado, pero, a la vez, da la sensación como de estar flotando en el aire, de viajar por los caminos de las sendas circunstanciales hasta alcanzar la geometría en armonía, con sensación de movimiento. Geometría que posee la capacidad de mostrarse flexible, arropada por los colores cálidos que la nutren. En este sentido predomina la idea de laberinto, porque se aproxima a la complejidad de planteamientos desde un punto de vista sutil, alejado de compromisos violentos, más bien próximo a postulados de gran serenidad y contemplación interior.
Descarga la fuerza en la fragilidad de lo emplazado, en el sentido de convertirlo en caña de bambú mecida por el bien de la estructura sin limites, -solo los que la propia tela impone-, que permite a los dioses ser benevolentes con las fuerzas del buen gusto. Emplea acrílico o bien óleo, buscando la especificidad de ambos materiales, pero sin acentuar sus diferencias, dentro de un posicionamiento de control cromático, en una madeja de formas que poseen múltiples interpretaciones, casi tantas como la libertad de cada uno.


Joan Lluís Montané
De la Asociación Internacional de Críticos de Arte

Publicado por: Artesur Fecha: Julio 14, 2004 12:01 AM
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