Por Joan Lluís Montané
De la Asociación Internacional de Críticos de Arte
El símbolo es fundamental, por su carga expresiva, por ser la introducción de un elemento central en la creación de Adrian Rumbaut. Símbolo que está presentado de forma directa; que lo expresa con contundencia, intentando ser explícito porque precisa una gran determinación en su lenguaje.
Es curioso que, así como hay artistas en los que el símbolo de la obra es, precisamente, el elemento de distorsión, el punto central de lo inexplicable, en la creación de Adrian Rumbaut es todo lo contrario.
El símbolo es evidente, se explica por si mismo, concentra la atención del espectador, mientras que su complemento, el resto de la obra, es más difuso.
El símbolo es lo que importa, porque la conceptuación del mismo arrastra toda la carga fenomenológica necesaria para definir sus intenciones.
Adrian Rumbaut no renuncia tampoco a la ironía, a la expresión de una cierta dualidad, contenida, poco efervescente, pero muy presente.
Existe esta carga, dentro de unos parámetros en los que la ironía tiene cabida como contorsión inicial. Luego, es la propia carga del símbolo quien prevalece en su discurso.
Aunque basado en el dibujo, el color es muy importante, porque resalta su predisposición a sorprender, a encauzar la atención del espectador en dirección al hilo central de lo que muestra con la certeza de quien se sabe poseedor de la llave del secreto que abrirá el tarro de las esencias.
No se trata de elegir una opción u otra, sino de ser determinante en la elección. De ahí que el símbolo en su obra sea punto central, concreción a la que todos emplean como base, a partir de la que el discurso se puede entender de una forma o de otra.
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