Por Joan Lluís Montané
De la Asociación Internacional de Críticos de Arte.
Artista que pinta la inocencia con ironía, que vislumbra el acontecer de lo irónico con la determinación de quien apuesta por el arte naïf más puro. Lo que pretende comunicarnos y, a fe mía que lo logra, es que en la inocencia está la verdadera esencia.
Inocencia no exenta de ironía, porque los elementos que componen el caldo de cultivo de la vida son diversos y la unidireccionalidad no es realidad.
Montebravo pinta de forma meticulosa personajes femeninos, que muestra con total libertad dentro de parámetros simbólicos, con incidencia alegórica y presencia de símbolos-elemento.
No puede haber distorsión sin ironía y la inocencia se nutre de lo opuesto para poder reivindicarse.
Su disposición del color obedece a cálculos muy precisos, para establecer el discurso, para delimitar las formas y sus personajes.
Hay un cuidado cromático, también existe un trabajo real del dibujo, complementado con la disposición de la composición.
En realidad su obra está muy medida, cálculo que se nota si la observamos con detenimiento.
De todas formas este dominio de la composición no es buscado por el artista sino que lo que Montebravo pretende es impulsar los parámetros del discurso ingenuo sin renunciar a lo irónico para desarrollar un nuevo planteamiento en el que la carga del símbolo sea fundamental para entender el desarrollo de la creación. Busca, en este sentido, armonizar las pautas del arte ingenuo con la perspectiva de potenciar el simbolismo en la composición entendida como teatro de operaciones experimental.
Huye de la estética, para, al final, encontrarse con ella, concentrándose en su objetivo final que es plasmar, con la libertad como bandera, sus ansias de reivindicar la pureza de lo bello en un contexto donde no existe la verdad absoluta.
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